El gamberro, y polémico, director Eli Roth (Borderlands) regresa a su cine de confort con Dulce sabor a muerte, seudo remake de El vendedor de helados del año 1995, un directo a video en nuestro país y protagonizada por Clint Howard (Terrifier 3), de la que recoge ideas, pero prácticamente es una cinta diferente. Roth se rodea de una pandilla de niños y adolescentes para dar rienda suelta a una serie de momentos cafres y gores que si bien no llegan aburrir resultan totalmente intrascendentes.
Un heladero americano, de esos que van con la furgoneta y la música entrañable, llega a un pueblo con su negocio. Allí, gracias a su receta secreta, todos los niños que la prueban se vuelven unos psicópatas aterradores sedientos de sangre y violencia. Pero siempre hay alguno al que no le gustan los helados o son intolerantes a la lactosa. Esta es básicamente la historia de Dulce sabor a muerte, un guion que no da más de sí, que bebe mucho del inmortal cuento/leyenda de los hermanos Grimm, El flautista de Hamelín, y en ultima instancia puede recordar, vagamente, a uno de los éxitos de la pasada temporada, Weapons.
Al margen de las polémicas sobre su persona o sobre el uso de IA en los efectos especiales, Roth regresa a lo que más le gusta hacer, regalar una buena ración de gore, aquí más cafre, pero con menos gracia que en Black Friday. Y es que en Dulce sabor todo resulta muy previsible, incluso su ¿inesperado? final. También adolece que durante sus primeros 40 minutos da Roth va a por «el más difícil todavía» creando momentos casi surrealistas (ese momento que a un profesor le abren la cabeza y lo que ocurre) muy divertidos, y después de eso, se tranquiliza y apenas hay momentos de aplauso. Si se agradece que la cinta no llegue a durar 90 minutos (86 con créditos, para ser exactos).
Dentro del elenco prácticamente nada reseñable a excepción de la caracterización de Ari Millen (Undertone) como el heladero «malrollero» con sonrisa penetrante. El resto son una panda de niños y adolescente rozando lo insoportable por lo que no se les coge cariño ninguno.
En resumen, Dulce sabor a muerte es un capricho de Roth, bastante barato y carente de mala baba. Demasiado cafre y muy grotesco, Roth quiere jugar a la sorpresa con el espectador, pero no lo consigue. Eso sí, la película pasa como un suspiro.
Lo mejor: Su duración.
Lo peor: Es bastante previsible.
Puntuación: 4/10


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