Resident Evil, es sin ningún tipo de duda, una de las franquicias más prestigiosas del mundo de los videojuegos. Es cierto que pasó por una época complicada donde la saga no sabía muy bien hacia donde quería ir, pero, después de la aparición de Resident Evil VII la cosa se dirigió y nos han regalado dos entregas más realmente apoteósicas. Pero en cuanto adaptaciones cinematográficas se refiere, la cosa no ha ido muy bien. Después de seis entregas protagonizadas por Milla Jovovich donde cada película era más “flipada” que la anterior, apareció Welcome to Racoon city donde el fan service era lo único que hacía aquella película pasable. Ahora, unos años después y coincidiendo con la mejor época de la saga, nos llega la visión de Zach Cregger sobre el apocalipsis de Resident Evil. Su visión está alejada de todo lo que podemos conocer de los juegos, se desarrolla en Racoon city y no veremos nada relacionado con los juegos más allá de pequeños guiños que harán las delicias de los amantes de la saga. Pero también es una película de género increíble, divertida, terrorífica y llena de momentos únicos. Sin lugar a duda estamos ante la mejor adaptación de la saga.
Pero una cosa si que hay que decir, es una entrega que va a ser odiada por todos aquellos que busquen una cinta que adapte o que tenga cada cinco minutos el cameo de algún personaje clásico. Zach Cregger no ha querido meter a ningún personaje para no encorsetar su apuesta y regalarnos una historia paralela a todo lo que hemos visto a lo largo de los años. La historia que cuenta Cregger es la de un repartidor que tiene que llevar algo al hospital general de Racoon city, sin saber nada de lo que ha ocurrido allí y de lo que está por llegar. Rápidamente la cinta se convierte en una huida hacia delante buscando la manera de sobrevivir a algo que está muy por encima de lo que podría llevar cualquier persona. Y creo que es uno de los grandes aciertos de esta Resident Evil, hacer que el protagonista podríamos ser cualquiera de nosotros. Cualquiera podríamos estar en esa situación de llevar cualquier cosa a una zona donde no sabemos que es lo que puede ocurrir. No hay un héroe perfecto que sepa defenderse de las amenazas, sino que es una persona que no sabe ni como se utiliza un arma. Todo eso junto con el carisma que despierta Austin Abrams es increíble. Ya le vimos robar parte de la función en la anterior obra de Cregger, Weapons, donde daba vida a un yonki que solo buscaba la forma de sobrevivir. Ahora, en Resident Evil, lleva el peso completo de la cinta saliendo en el 99% de las escenas de la película.
Pero lo que más llama la atención de Resident Evil es como Zach Cregger ha conseguido meter en menos de noventa minutos una cinta que no pisa el freno en ningún momento. Quizás, el único momento donde deja que el espectador se ubique es en sus primeros cinco minutos, porque después no se puede quitar la vista de la pantalla porque en todo momento está ocurriendo cosas. Es una carrera contra la muerte por llegar al centro de Racoon city. Lo que uno sí que no se puede creer es la cantidad de humor que tiene la cinta, pero sabiendo quien es el director y viendo su filmografía estaba claro que el humor iba a ser una de las piedras angulares de la cinta. No es que sean chistes porque si, sino que son los comentarios del propio protagonista los que hacen que el humor esté durante todo el metraje. La música, de la forma en la que está usada, es magistral, dejando en todo momento un poso en el espectador que seguirá escuchando la sintonía mucho tiempo después de haber terminado. Y sus efectos especiales también son otra mención, mezclando los efectos prácticos con efectos generados por ordenador que no desentonan en ningún momento.
En definitiva, esta nueva Resident Evil demuestra que una adaptación no necesita reproducir al milímetro los videojuegos para respetar su esencia. Zach Cregger apuesta por una historia independiente, protagonizada por alguien corriente y sostenida por un ritmo frenético, un humor muy bien integrado y algunos de los mejores sustos del cine de terror moderno. Puede que su decisión de alejarse de los personajes clásicos divida a los seguidores más puristas, pero precisamente esa libertad le permite construir una película con identidad propia, capaz de funcionar tanto para los amantes de la saga como para quienes solo busquen una experiencia de terror divertida e intensa.


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