La gran seducción: Esas mentiras piadosas

Cuando el buen rollo es el principal argumento de una película, y eso es lo que sucede en La gran seducción, sólo hay dos opciones: o se entra en el juego o no se entra. Si se entra, es con todas las consecuencias y el espectador tiene que creerse absolutamente todo lo que le están contando. En aras de ese buen rollo, lo que sucede en la pantalla no tiene que ser verosímil, sino divertido, entretenido, alegre y simpático. Pero si no se entra, el tema se complica, porque está más que latente el peligro de pensar que todo lo que sucede es completamente irreal, forzado e incluso moralmente debatible. La gran seducción, insistiendo en esa esta idea, es una película que busca el buen rollo y que, afortunadamente, se gana la complacencia del espectador con relativa facilidad.

Taylor Kitsch en La gran seducción

Taylor Kitsch en La gran seducción

Lo que cuenta la película es una historia que acontece en un pequeño pueblo costero y pescador de Canadá, que ya no puede vivir del mar y que necesita un nuevo modelo económico. La oportunidad que se le presenta es la construcción de una fábrica, que daría empleo a todos sus habitantes. Pero antes de sentarse a convencer a los directivos de la compañía, necesitan cumplir un requisito: ha de haber un médico residente en el pueblo. De una forma rocambolesca y divertida, convencen a uno para que esté un mes en el pueblo. El trabajo de los habitantes del pueblo será hacer que este buen doctor, sin saber nada de esa fábrica, quede convencido de que ese lugar es el mejor en el que puede estar, aunque para ello haya que trufar su estancia de mentiras piadosas.

Volviendo a la elección inicial, la de entrar o no entrar en una película que opta tan descaradamente por el buen rollo como motor, es en las mentiras donde se concentra todo el peligro. Asimilado con una cierta seriedad, lo que muestra La gran seducción es que mentir es una herramienta eficaz, que ofrece muchas más posibilidades de triunfo que la sinceridad, que todo vale si el objetivo es loable. Y la verdad es que el actor metido a director ocasional, Don McKeller (Childstar), en esta su tercera película, lo pone francamente fácil, porque la película engancha desde su modélico prólogo, todo un canto de amor al oficio de pescador y a una forma de entender el trabajo en vías de extinción, convence con la elección de sus magníficos escenarios  y remata la faena con un acertadísimo casting.

Brendan Gleeson en La gran seducción

Brendan Gleeson en La gran seducción

Brendan Gleeson (Al filo del mañana) da vida a uno de los hombres del pueblo que lleva la voz cantante en el rizado plan para convencer al doctor, y Taylor Kitsch (Salvajes) es ese médico. Ambos disfrutan muchísimo en sus papeles y eso casi siempre se nota en una película, mucho más en una de tono amable como ésta. Pero en realidad casi todo funciona a su alrededor, con lo que su trabajo es mucho más fácil. Son divertidos los chistes sobre hockey y críquet, sobre el contraste entre la vida en la ciudad y la vida en un puerto, o sobre el funcionamiento de un banco, vincula con facilidad a cualquier al precaria situación económica del pueblo, y la picaresca del personaje de Gleeson engancha con la misma sencillez que la ingenuidad del de Kitsch en su trato con las personas.

La gran seducción (un título que no parece el más claro para hacer referencia al trabajo de convencer al buen doctor de que se quede en el pueblo; la cuestión sentimental a la que el término “seducción” alude con más facilidad está presente en la película, pero no de una forma tan directa ni central) es una película previsible, sobre todo en los términos de su resolución, pero al mismo tiempo mantiene una sana frescura que hace que cada escena sea divertida. Y eso, por blanda que pueda resultar al final la cinta, acaba garantizando un buen rato al espectador, ese buen rollo mencionado al principio que bien llevado supone una baza perfecta para convencer.

Puntuación: 6 / 10

Ficha artística y técnica

Canadá. Título original: The grand seduction. Dirección: Don McKellar. Interpretes: Brendan Gleeson (Murray), Taylor Kitsch (Dr. Lewis), Liane Balaban (Kathleen), Gordon Pinsent (Simon), Rhonda Rodgers (Samantha). Guion: Michael Dowse; basado en el guion de Ken Scott para la película “La grande séduction” (2003). Producción: Barbara Doran y Roger Frappier. Música: Maxime Barzel, Paul-Étienne Côté y François-Pierre Lue. Fotografía: Douglas Koch. Montaje: Dominique Fortin. Diseño de producción: Guy Lalande. Vestuario: Denis Sperdouklis.

Un comentario

  1. Pia Torres /

    ¡Me encantó! Pocas veces un remake llega al nivel de la película original. En el caso de “La gran seducción”, logra mantener (y mejorar, en algunos momentos) lo que ya pudimos ver hace 10 años de la mano del director Jean-François Pouliot. En esta nueva versión seguimos sin salir de Canadá, aunque cambiamos el francés por el inglés. La propuesta actualizada de Don McKellar nos vuelve a situar en un pequeño pueblo costero de Quebec, donde sus habitantes tratarán de ‘seducir’ al nuevo doctor para que se instale permanentemente. Este remake se gana a pulso la categoría de ‘cine para toda la familia’ gracias a los recurrentes tópicos y divertidas escenas que se suceden sin cesar. Sin embargo, la película vuelve a caer en los tópicos propios de las películas rurales, como la idea de que la gente verdaderamente auténtica vive en los pueblos. En definitiva, nos presenta un pueblo hecho a la medida del personaje de Taylor Kitsch, pero realmente trata de convertirse en el destino perfecto para el espectador. Ver esta propuesta nos asegura, dos horas de deliciosa comedia rural, junto con unas irresistibles ganas de viajar lejos de la gran ciudad.

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