La cocinera del presidente: Postal culinaria del otro lado de los Pirineos

Hortense Laborie (Catherine Frot, (Caos)) es una cocinera de cierto prestigio en la región del Pèrigord, que sin esperarlo se ve repentinamente trabajando para el presidente de la República (Jean d´Ormesson) como chef personal. Las envidias y los placeres se mezclan en su nuevo puesto en el Elíseo, y se ve forzada a tomar una decisión trascendental para su futuro.

Catherine Frot en La cocinera del presidente

Catherine Frot en La cocinera del presidente

La cocinera del presidente es nada más y nada menos que un pequeño panfleto culinario para el orgullo del país vecino, que más allá de sus fronteras carece del interés necesario para considerarse una buena película. Ahora que tan de moda está la teórica tarea de ensalzar la marca España, esta película podría suponer un ejemplo para algunos de lo que hay que hacer. Aunque no aporte nada al mundo del cine, claro. La protagonista de la historia es una mujer que durante algo más de dos años trabajó en el Elíseo como cocinera personal del presidente Miterrand. La fuerza que pudiese tener el hecho de que una mujer alcanzase semejante puesto se diluye entre planos de platos y fuentes llenos de alimentos a cuál más apetecible. Tampoco se profundiza en el hecho de que la cocinera se viese superada por las circunstancias y la presión y pidiera que la dejasen libre para volver a casa. Todo queda en una aventura bien contada y poco más, que entra bien al cuerpo, casi directamente al estómago, pero que deja al espectador igual que antes de entrar a la sala, si acaso con un poco más de hambre.

El trabajo de dirección, a cargo de Christian Vincent (Les enfants)), es totalmente correcto, pocos peros se pueden poner en este y otros aspectos. La trama está contada de forma curiosa, aunque tampoco original; vamos saltando de la situación presente de la protagonista, en su último día de trabajo en una isla remota de la Antártida, a sus días como cocinera del presidente, en los que vamos viendo sus problemas y agobios con la competencia, envidiosa del trato que la mujer recibe de los altos cargos, aunque también sus buenos momentos, compartidos con un entrañable y joven ayudante (Arthur Dupont, (Arsène Lupin)) . Los planos de comida están en el punto justo entre la belleza y la elegancia, y la normalidad, seguramente un acierto, pues consiguen despertar el apetito y cierta admiración por la cocina francesa sin revestirla ni adornarla demasiado.

Jean d'Ormesson en La cocinera del presidente

Jean d’Ormesson en La cocinera del presidente

Catherine Frot soporta casi en exclusiva el peso de la película, resultando totalmente convincente tanto en los momentos dramáticos como en los ligeramente cómicos; el trabajo que hizo con la cocinera real, Danièle Delpeuch, dio sus frutos, pues no se aprecia ningún gesto extraño a la hora de manejar con soltura todos los utensilios de cocina que aparecen. En el reparto llama la atención también Jean d´Ormesson, poco dado a la interpretación y más conocido como periodista y ensayista; no es del todo protagonista del film, pero sus apariciones son muy interesantes, estableciendo una relación con la cocinera que se mueve en un terreno curioso, cercana y distante a la vez. Por desgracia, tampoco se insiste en este punto, y queda como un hecho que sujeta la historia y poco más.

La vida real de esta cocinera seguramente fue mucho más profunda de lo que se muestra en la película; la fuerza de la mujer (la primera que trabajó como chef para un presidente de la República francesa) queda un tanto diluida, y los problemas que afronta nunca llegan a parecer tan graves. El cierto mensaje feminista que podría tener el film no se explota en absoluto, y más aún, queda tapado por el ambiente trasnochado de servidumbre que permanece en estas esferas de poder, y que se da por sentado, quizás para que nunca cambie.

La cocinera del presidente es una película sencilla, bien hecha y que funciona como un muestrario de comida francesa para exportar al resto del mundo, una especie de postal culinaria; lo demás queda como anécdota, y es una lástima, porque la historia que se intuye detrás de la protagonista parece que podría haber dado mucho más de sí.

Lo mejor: Catherine Frot hace un papel creíble y simpático. La puesta en escena de los platos puede hacer babear en más de un momento.

Lo peor: La película no aporta nada más que un rato agradable que se olvidará rápidamente. Desprende algunos aires rancios y resulta ridículamente evidente el propósito de enseñar al mundo uno de los puntos fuertes de la cultura francesa (sobradamente conocido), sirviéndose de una mujer seguramente mucho más interesante que la película.

Puntuación: 5/10

Ficha artística y técnica

Francia. Título original: Les saveurs du palais. Dirección: Christian Vincent. Interpretes: Catherine Frot (Hortense Laborie), Jean D’Ormesson (presidente), Hippolyte Girardot (David), Arthur Dupont (Nicolas), Jean-Marc Roulot (Jean-Marc Luchet), Arly Jover (Mary), Brice Fournier (Pascal). Guion: Etienne Comar y Christian Vincet; basado en un argumento de Danièle Mazet-Delpeuch. Producción: Etienne Comar y Philippe Rousselet. Música: Gabriel Yared. Fotografía: Laurent Dailland. Montaje: Monica Coleman. Diseño de producción: Patrick Durand. Vestuario: Fabienne Katany.

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