Frankenstein (2025): Un del Toro descafeinado

Es curioso como durante toda su carrera, Guillermo del Toro (El callejón de las almas perdidas (2021)) estaba destinado a realizar una adaptación de alguna de las novelas más importantes de la historia del terror. Siempre jugando con monstruos, con creaciones y con ese toque propio que tiene el director mexicano. Y no podía ser otra novela que no fuera Frankenstein, de Mery Shelly, la elegida por el director para crear su propia visión del clásico. En principio nada podría salir mal. Pero Guillermo del Toro lleva unos años dando tumbos con su cine, siempre particular, pero en el que últimamente me cuesta mucho comulgar. Creo que ese escepticismo con el director llegó con el estreno de La cumbre escarlata, obra endiosada por cinéfilos como la obra gótica más importante de los últimos años, pero que no deja de ser otra muestra más que Guillermo del Toro quería más regalar unas imágenes potentes que contar una historia como él solía hacer. Por eso cuando uno ve su Frankenstein no deja de pensar en La cumbre escarlata, seguramente porque tiene mucho en común, en especial, con su diseño de producción. Frankenstein (2025) se nota que es una obra personal que quería llevar a la gran pantalla, pero, la forma de contar la historia, la fotografía de esta alejada de ese gótico y que termina convirtiendo a Frankenstein en un ser con superpoderes hacen que termine cansado de la propuesta.

Oscar Isaac en Frankenstein (2025)

Oscar Isaac en Frankenstein (2025)

Creo que ya generaba algo de escepticismo que las imágenes que nos iban llegando de la producción fueran a cuentagotas y que el silencio a su alrededor fuera sepulcral. Lo mismo fueron indicaciones de Guillermo del Toro a vete a saber, pero lo cierto es que cuando salió el primer tráiler a la luz los miedos estaban enfundados. Aquel primer tráiler dejaba la sensación de que íbamos a ver una cinta con unas imágenes portentosas pero que la historia seguramente quedaría opacada por eso mismo. Y el resultado final ha sido eso. Frankenstein (2025) , de Guillermo del Toro, es un espectáculo visual realmente increíble, pero con la que cuesta conectar en su lado emocional, porque Guillermo del Toro no sabe tratar del todo bien la emoción que se esconde detrás de la historia, esa historia sobre creador y creación, de hijos y padres y de querer jugar a ser Dios y cansarse de ello. Pero el director mexicano está más pendiente de hacer que cada plano sea recordado más que de intentar unir de una forma buena la historia. Eso se nota en la forma de contar la historia en diferentes actos, un primero contando por Víctor y otro contado por el monstruo, que puedes llegar a pensar que contarán lo mismo, pero uno cuenta los primeros setenta minutos y el monstruo los otros setenta, hasta llegar al final. Pero lo que cabrea un poco es la forma de convertir al monstruo en un ser inmortal.

Mia Goth en Frankenstein (2025)

Mia Goth en Frankenstein (2025)

Y es que ver al monstruo convertido en un Adonis también es algo complicado. Seguramente lo especial que siempre ha tenido Frankenstein es que su cuerpo esté formado por diferentes partes y no parecer que tiene únicamente parches que van uniendo esas partes. Porque el Frankenstein es guapo en esta película, es un ser casi divino y con unos poderes de regeneración y de inmortalidad dignos de los dioses. Todo eso junto con el ritmo que hace pesar mucho la cinta termina lastrando la propuesta que, en ciertos momentos, parece que va a despuntar y convertirse en otra cosa, pero no, siempre que eso sucede se corta de raíz. Lo que sí es destacable es el trabajo de Jacob Elordi (Oh Canada), que consigue convertirse por completo en el monstruo y dar una interpretación bastante buena. Oscar Isaac (Spider-Man: Cruzando el multiverso) también lo consigue, aunque en menor manera porque el actor muchas veces se lanza con sus aspavientos habituales y no termina de cuajar dentro de la propuesta, y eso que su personaje tiene todo para poder haber conseguido mucho más de lo que termina consiguiendo. Pero otra cosa que chirria es la paleta de colores elegida, no sé si cuando fichas por Netflix te imponen una paleta de colores donde no va a conseguir destacar nada o ha sido decisión del director, pero es cierto que cuesta mucho creerse el tono de color de la propia cinta.

En definitiva, la versión de Frankenstein de Guillermo del Toro se queda a medio camino entre lo que podría haber sido una obra maestra y un ejercicio puramente estético. La fuerza visual y el despliegue técnico no logran suplir la falta de profundidad en la narrativa, dejando al espectador con la sensación de que algo esencial se ha perdido en el proceso. Quizá nos queda la esperanza de que en futuros proyectos el director recupere ese pulso emocional y narrativo que hizo grande a sus mejores películas, como La forma del agua o sus cintas sobre la Guerra Civil española, y consiga reconciliar imagen y corazón como solo él sabe hacerlo.

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