Ebro, de la cuna a la batalla: Demasiados frentes abiertos

Un relato histórico, sobre todo en referencia a cualquier conflicto bélico, puede enfocarse desde prismas narrativos muy diversos, claves en su posicionamiento. Y a estas alturas, habiendo padecido tanto pronunciamiento partidista y crispante discursiva política, el espectador verdaderamente interesado en conocer su pasado espera toparse con cierta neutralidad. Máxime si se trata una contienda tan sentida para muchos, clave en el Siglo XX, como lo fue la Guerra Civil Española. De ahí que dependiendo del medio que juzgue (y en ocasiones, prejuzgue) cualquier estreno sobre esta temática se suelan esgrimir argumentos sobre buenos y malos, faltas a la verdad y demás lugares comunes. Eso es algo que ha pretendido esquivar el cineasta y documentalista Román Parrado en su última película (en este caso, de origen televisivo) Ebro, de la cuna a la batalla.

Emilio Palacios en Ebro, de la cuna a la batalla

Emilio Palacios en Ebro, de la cuna a la batalla

A través de un relato coral, que emplea como brújula los sentimientos de sus personajes, se realiza un fresco histórico sobre la tan larga y cruenta Batalla del Ebro que en 1938 y durante meses llevó a la extenuación e irremediable retirada al bando republicano. Un acontecimiento cuya mayor relevancia humana queda marcada por la juventud de los combatientes, pues en su intentona de presionar internacionalmente, el gobierno republicano buscó una respuesta militar contundente que destacara la resistencia de su ejército, llamando a filas a críos de diecisiete y dieciocho años que integrarían la conocida “leva o quinta del biberón”. Esa es la verdadera historia de Ebro, de la cuna a la batalla o eso pensamos cuando empieza la película, pero en sus largas secuencias dialogadas se muestran aspectos muy variados.

Sí que se nos habla de la decadencia en suministros y ayudas, e incluso en la descorazonadora postura de los responsables, pero siempre expresada más que mostrada, en tanto que se apoya situaciones mil veces vistas de amores y amistades en tiempos de guerra. Ya sean relaciones epistolares o características de Hemingway, el metraje únicamente lo salpica alguna secuencia de acción que con nocturnidad y alevosía refleja la escasez presupuestaria. Ni que decir tiene que no vamos a entrar en lecturas políticas, siempre a cargo del espectador, pero sí alertamos a quienes esperen encontrase con un relato frío y distanciado de este fracaso militar, en la línea de títulos imperecederos y descorazonadores como “ El puente de Bernhard Wicki o Stalingrado de Joseph Vilsmaier, porque se llevarían una decepción.

Àlex Monner y Kimberley Tell en Ebro, de la cuna a la batalla

Àlex Monner y Kimberley Tell en Ebro, de la cuna a la batalla

Algunos detalles despiertan curiosidad en su reflejo de lo miserable, pero siempre se elude un distanciamiento que podría haber resaltado el tema más representativo. Aunque tenga más en común con la narrativa de Hermanos de sangre, el guión no despierta la misma simpatía por los personajes, quizás por su corta duración o falta de rotundidad en las tramas secundarias. Además, su reflejo taciturno y filosófico de Manuel Azaña entronca más con el cine patriótico norteamericano que con el europeo. Un personaje que roza la heroicidad en cuanto se enfrenta a la burocrática y desorientada visión de sus compañeros de gobierno, liderados por un antitético Juan Negrín que no sale muy bien parado. De ahí que uno se pregunte de qué quiere hablarnos la película, de la escasez en los campamentos republicanos o el drama de un católico entre contrarios, de un fracaso militar o una historia de amor, nos preguntamos si quiso reflejar la cotidianidad en corto espacios de tiempo o resumir la batalla en su devenir secuencial. Demasiados frentes abiertos en hora y media de película, como esos montajes televisivos que en formato largometraje se idean a partir de una miniserie.

Lo mejor: Su intencionalidad didáctica.

Lo peor: Su falta de enfoque.

Puntuación: 5/10

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